El presidente Donald Trump ha prometido que la intervención de Estados Unidos en Venezuela reconstruirá la infraestructura, reactivará la industria petrolera y traerá prosperidad, pero para muchos venezolanos esas promesas parecen lejanas. En los mercados callejeros de Caracas, la inflación galopante domina la vida cotidiana: los precios de los alimentos cambian cada semana, los salarios están muy por debajo de los costos y las familias luchan por cubrir sus necesidades básicas.
Ana Calderón, trabajadora de servicios públicos, dice que un kilo de carne cuesta ahora más de 25 veces el salario mínimo mensual, lo que la obliga a abandonar sus planes de preparar una simple olla de sopa. Historias similares se repiten en toda la capital, donde los mercados están cada vez más tranquilos y los residentes compaginan varios trabajos solo para sobrevivir.
La captura del expresidente Nicolás Maduro ha suscitado esperanzas de un cambio a largo plazo, pero sigue prevaleciendo la incertidumbre. Los economistas afirman que cualquier reactivación vinculada al petróleo —la columna vertebral de la economía venezolana— tardaría años en materializarse, mientras que la inflación sigue siendo una de las más altas del mundo y la pobreza afecta a la mayoría de los hogares. Por ahora, muchos ven poco alivio inmediato, incluso mientras Washington discute la inversión petrolera y los ingresos futuros. Como dijo un vendedor, los venezolanos se ven obligados a «resolver», a arreglárselas, navegando por las dificultades diarias mientras esperan a ver si la agitación política trae una mejora real o más agitación.
