En La Habana, los turistas todavía se detienen para fotografiar los icónicos autos de los años 50, pero muchos se marchan sin subirse. Bajo la sombra de los almendros, los conductores de autos clásicos y los vendedores ambulantes esperan horas por clientes que nunca llegan.
Las rutas, restaurantes y aceras que antes estaban llenos ahora se sienten inquietantemente silenciosos, dejando a trabajadores como choferes y vendedores luchando por sobrevivir con una fracción de lo que ganaban antes. “Estamos esperando trabajo”, dijo un conductor, repitiendo un lamento común en toda la capital.

La industria turística de Cuba se ha desplomado, con el número de visitantes cayendo casi un 70% respecto a los máximos previos a la pandemia, lo que agrava una crisis económica ya grave impulsada por los apagones, las sanciones y la interrupción del suministro de petróleo. Durante décadas, el turismo aportó miles de millones de dólares y sustentó miles de empleos; ahora, los autobuses vacíos, los negocios cerrados y los precios reducidos cuentan una historia distinta. A medida que se intensifican las tensiones geopolíticas y el combustible escasea, muchos cubanos que dependen del turismo temen quedarse sin opciones —y sin tiempo.